elvira_bonilla* Gobernantes Autistas

   La realidad les habla a gritos pero ellos siguen sordos. Soberbios, intransigentes y presumidos, rodeados del infalible séquito de lambones, que nunca falta, adiestrados para decirles los que quieren oír, los gobernantes autistas, toman decisiones erráticas, equivocadas, amarradas a libretos establecidos. Pero no solo son los lambones los que los aislan sino los tecnócratas sobrados sin sensibilidad frente a la responsabilidad pública quienes terminan haciéndole zancadilla al elegido, convirtiéndose en una especie de guardia pretoriana que los distancia de la calle, del mundo real de la gente. 

     Y un buen ejemplo de éstos es Peñalosa. Campeón en arrogancia y suficiencia, luchó durante casi veinte años para repetir en la alcaldía de Bogota, recorrió el mundo dictando conferencias con su visión de ciudad, planes urbanísticos, propuestas de desarrollo, hasta que los electores le dieron una segunda oportunidad en octubre pasado para regresar al Palacio Liévano. 6 meses después, en el momentum del arranque de toda gestión con las expectativas y esperanzas de quienes votaron mayoritariamente por Peñalosa, aparece como una carta fallida, con un 33% de aprobación en las encuestas últimas publicadas a comienzos de julio. Con el mismo porcentaje de ciudadanos satisfechos o insatisfechos con que dejó Petro la alcaldía. 
     Y no es que haya que gobernar con ni para las encuestas, como se disculpan todos aquellos quienes se rajan en resultados. Estas son, para bien o para mal, un termómetro de percepción frente a las cuales no se puede ser ciego; miden la sintonía del gobernante con la gente, con sus problemas y necesidades y alertan sin duda sobre la capacidad de interlocución con la sociedad. 
     El despegue de una administración marca, da la pauta, da el tono, siembra futuro en tanto es la oportunidad de reforzar el imaginario colectivo con propósitos y señales promisorios frente a la posibilidad de cambio, de mejoría del cotidiano. Nada de esto ha ocurrido en los 6 meses de Peñalosa y muy por el contrario la decepción ha escalado. 
      No es fácil remontar la cuesta y sobre todo cuando comunicar bien no está entre las estrategias de gobierno. Como debería serlo, porque, y especialmente en los tiempos modernos, gobernar es comunicar. Y Peñalosa se raja como le ha ocurrido por ejemplo a la hora de intentar mostrar las bondades de tres decisiones críticas para su administración: la venta de la ETB, la pretendida urbanización de terrenos que han sido definidos por la autoridad ambiental como integrantes de una reserva natural, la Van der Hammen y las actuaciones de una híper Secretaria de Seguridad que con una mega burocracia actúa con rudeza en una ciudad que viene de años de concertación social. 
     La ciudanía le ha pasado la factura a Peñalosa como ocurre con todos los que deciden de espaldas a la gente en tiempos en los que la comunicación forma parte de la vida en sociedad, con ciudadanías cada vez más activas y exigentes que demandan información oportuna. Se equivoca él como muchos otros, y bien por autismo o vanidad conduciendo al error y sacrificando los destinos colectivos, a veces incluso de manera irreparable.

Gobernantes autistas
La realidad les habla a gritos pero ellos siguen sordos. Soberbios, intransigentes y presumidos, rodeados del infalible séquito de lambones, que nunca falta, adiestrados para decirles los que quieren oír, los gobernantes autistas, toman decisiones erráticas, equivocadas, amarradas a libretos establecidos.

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